La admiración (…) y la aflicción (…) son los dos elementos a los que quisiera llamar vuestra atención (…). En la familia de Nazaret nunca faltó la admiración, ni siquiera en un momento dramático como la pérdida de Jesús: es la capacidad de maravillarse ante la manifestación gradual del Hijo de Dios. Es la misma admiración que también sintieron los doctores del templo, maravillados «con su inteligencia y sus respuestas» (v. 47). ¿Pero qué significa admiración, qué significa maravillarse? Admirarse y maravillarse es lo contrario de dar todo por sentado, es lo contrario de interpretar la realidad que nos rodea y los acontecimientos de la historia solo según nuestros propios criterios. Y quien hace esto no sabe lo que significa maravillarse, lo que significa admirarse. Admirarse significa abrirse a los demás, comprender las razones de los otros: esta actitud es importante para sanar los deterioros y prejuicios entre las personas, y es indispensable también para curar las heridas abiertas en el ámbito familiar. (…) El segundo elemento del Evangelio sobre el cual quisiera reflexionar es la aflicción que experimentaron María y José cuando no podían encontrar a Jesús. (…) Aquella aflicción que ellos sentían en los tres días en que perdieron a Jesús, debería ser también nuestra aflicción cuando estamos distantes de Él, cuando estamos distantes de Jesús. Deberíamos sentir aflicción cuando olvidamos a Jesús por más de tres días, sin rezar, sin leer el Evangelio, sin sentir la necesidad de su presencia y de su amistad consoladora. (Ángelus del 30 de diciembre de 2018).

Fuente: Vatican News