Hermanos, hermanas, recordemos esto: la mirada de Dios nunca se detiene en nuestro pasado lleno de errores, sino que mira con infinita confianza hacia lo que podemos llegar a ser. Y si a veces nos sentimos personas de baja estatura, no a la altura de los desafíos de la vida y mucho menos del Evangelio, sumergidos en problemas y pecados, Jesús siempre nos mira con amor; como con Zaqueo, Él se acerca a nosotros, nos llama por nuestro nombre y, si lo acogemos, viene hasta nuestra casa. Entonces podemos preguntarnos: ¿cómo nos vemos a nosotros mismos? ¿Nos sentimos inadecuados y resignados, o precisamente en ese momento, cuando nos sentimos tristes, buscamos el encuentro con Jesús? Y luego: ¿qué mirada tenemos hacia aquellos que han errado y están luchando por levantarse del polvo de sus errores? ¿Es una mirada desde arriba que juzga, desprecia y excluye? Recordemos que es admisible mirar a una persona de arriba hacia abajo solo para ayudarla a levantarse: nada más. Solo en este caso está permitido mirar de arriba hacia abajo. Pero nosotros los cristianos debemos tener la mirada de Cristo, que abraza desde abajo, que busca al perdido con compasión. Esta es, y debe ser, la mirada de la Iglesia siempre, la mirada de Cristo, y no una mirada condenadora. Oremos a María, cuya humildad el Señor contempló, y pidámosle el don de una nueva mirada sobre nosotros y sobre los demás. (Angelus del 30 de octubre de 2022).
Fuente: Vatican News
Deja una respuesta