La revelación de Jesús nos interpela a todos: estamos llamados a creer en la resurrección, no como una especie de espejismo que aparece a lo lejos en el horizonte, sino como un acontecimiento presente, que misteriosamente ya nos toca hoy. Sin embargo, esta fe en la resurrección no ignora ni oculta la desolación que sentimos, humanamente, frente a la muerte. El mismo Jesús, al ver llorar a las hermanas de Lázaro y a quienes estaban con ellas, no solo no escondió su emoción, sino que —como dice el evangelista Juan— «se echó a llorar» (Jn 11, 35). Solidario con nosotros en todo, menos en el pecado, también Él vivió el drama del duelo, la amargura de las lágrimas derramadas por la muerte de un ser querido. Pero eso no apaga la luz de verdad que irradia su revelación y de la cual la resurrección de Lázaro fue un gran signo. En este día, entonces, el Señor nos repite: «Yo soy la Resurrección y la Vida» (Jn 11, 25). Y nos llama a renovar ese gran salto de fe, entrando desde ahora en la luz de la Resurrección: «El que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Creés esto?» (Jn 11, 26). Cuando se da ese salto, cambia nuestra forma de pensar y de ver las cosas. Al trascender lo visible, la mirada de la fe, de algún modo, ve lo invisible (cf. Heb 11, 27). Entonces cada hecho se evalúa a la luz de otra dimensión: la de la eternidad. (Papa Francisco, Homilía en la Misa en sufragio por los cardenales y obispos fallecidos en el último año, 5 de noviembre de 2020).

Fuente: Vatican News