La imagen de la viña es clara: representa al pueblo que el Señor escogió y formó con tanto esmero; los siervos enviados por el maestro son los profetas, enviados por Dios, mientras que el hijo es la figura de Jesús. Y así como los profetas fueron rechazados, así Cristo fue rechazado y asesinado. (…) Con esta parábola durísima, Jesús confronta a sus interlocutores con su responsabilidad, y lo hace con extrema claridad. Pero no pensemos que esta amonestación no se aplica sólo a aquellos que rechazaron a Jesús en aquel momento. Es válido para todos los tiempos, también para los nuestros. También hoy Dios espera los frutos de su viña de aquellos a quienes envió a trabajar en ella. Todos nosotros. En cada época, quienes tienen autoridad, cualquier autoridad, incluso en la Iglesia, en el pueblo de Dios, pueden verse tentados a perseguir sus propios intereses y no los de Dios. Y Jesús dice que la verdadera autoridad es cuando haces el servicio, es servir y no explotar a los demás. La viña es del Señor, no nuestra. La autoridad es un servicio y como tal debe ejercerse para el bien de todos y para la difusión del Evangelio. (Ángelus del 4 de octubre de 2020).
Fuente: Vatican News
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