La fe de Bartimeo se refleja en su oración. No se trata de una oración tímida o convencional. Ante todo, llama al Señor “Hijo de David”: es decir, lo reconoce como el Mesías, el Rey que viene al mundo. Luego lo llama por su nombre, con confianza: “Jesús”. No le tiene miedo, no se mantiene a distancia. Y así, desde el corazón, grita al Dios amigo todo su drama: “Ten piedad de mí”. Solo esa oración: “Ten piedad de mí”. No le pide unas monedas, como lo hace con los transeúntes. No. A aquel que todo lo puede, le pide todo. A las personas les pide monedas, a Jesús, que lo puede todo, le pide todo: “Ten piedad de mí, ten piedad de todo lo que soy”. No pide una gracia en particular, sino que se presenta: pide misericordia para su persona, para su vida. No es una petición insignificante, es muy hermosa, porque invoca la piedad, es decir, la compasión, la misericordia de Dios, su ternura. (…) A aquel que nos puede dar todo, pidámosle todo, como Bartimeo, que fue un gran maestro, un gran maestro de oración. Que él, Bartimeo, sea para nosotros un ejemplo con su fe concreta, insistente y valiente. Y que Nuestra Señora, Virgen orante, nos enseñe a dirigirnos a Dios de todo corazón, con la confianza de que Él escucha atentamente cada oración. (Ángelus del 24 de octubre de 2021).
Fuente: Vatican News
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