La fiesta de Navidad coincide, en nuestro hemisferio, con los días del año en los que el sol termina su parábola descendente y comienza a aumentar gradualmente el tiempo de luz diurna, según el ritmo recurrente de las estaciones. Esto nos ayuda a comprender mejor el tema de la luz que vence a las tinieblas. Es un símbolo que recuerda una realidad que toca lo más íntimo del hombre: me refiero a la luz del bien que vence al mal, del amor que supera al odio, de la vida que derrota a la muerte. La Navidad hace pensar en esta luz interior, en la luz divina, que vuelve a proponernos el anuncio de la victoria definitiva del amor de Dios sobre el pecado y la muerte. (…) El Salvador esperado por las naciones es saludado como el «Astro naciente», la estrella que señala el camino y guía a los hombres, peregrinos entre las oscuridades y los peligros del mundo, hacia la salvación prometida por Dios y realizada en Jesucristo. (…) «Oh Astro que surgís, resplandor de la luz eterna, Sol de justicia: vení a iluminar a quienes yacen en las tinieblas y en la sombra de la muerte». Haciendo nuestra esta invocación (…) pidámosle al Señor que apresure su venida gloriosa entre nosotros, entre todos los que sufren, porque solo en Él pueden ser colmadas las auténticas expectativas del corazón humano. (Papa Benedicto XVI, Audiencia General del 21 de diciembre de 2005).

Fuente: Vatican News